Gee, J. P. (1996). La alfabetización y el mito de la alfabetización: De Platón a Freire. La ideología en los discursos (pp. 37-60). Trad. Pablo Manzano. Madrid: Ediciones Morata.
El capítulo II de La ideología en los discursos examina algunas de las visiones y aseveraciones que se han hecho con respecto a los “poderes” atribuibles a la alfabetización dentro de un determinado contexto histórico. Gee (1996) propone “rechazar la visión tradicional de la alfabetización y reemplazarla por una perspectiva contextualizada social y culturalmente” (p.37). A su vez, introduce dos observaciones interesantes que avalan su propuesta: la alfabetización está, indisolublemente, ligada a lo político (relaciones de poder); no hay una crisis de alfabetización, sino un problema de escolarización.
El término alfabetización, según la visión tradicional, agrupa la capacidad de leer y de escribir, es decir, poder descifrar la escritura (interpretar el texto de manera “correcta”) y codificar el lenguaje en una forma visual (p.54). Visto así, el término no causa mayores dificultades, pero cuando se entra en el terreno de cómo se debe escribir, cómo se debe leer o para qué sirve leer y escribir, el asunto cambia. Para Gee “la importancia de la alfabetización es, con frecuencia, una forma disimulada de hablar de otras cuestiones, un modo de evitar unas preocupaciones sociales menos aceptables.” (p. 37-38). De este modo hablar de una “crisis de alfabetización” es una falacia, porque no es que un gran porcentaje de personas no sepa leer y/o escribir, sino que cuando las “tareas adquieren mayor complejidad y se asemejan más a las escolares, la población que puede realizarlas es cada vez menor y el fracaso destaca más entre las personas que han recibido menos influencia de las escuelas y han obtenido un peor servicio de las mismas.” (p. 38-39).
El autor hace que notar que la desigualdad social no se debe tanto a un acceso o una adquisición de estas “destrezas alfabetizadoras”, sino al uso que se hace de ellas. La actitud de Platón refleja exactamente esto. La crítica que éste hace contra la escritura, sobre que lleva al deterioro de la memoria humana, que no es capaz de defenderse por sí misma y que puede caer en manos equivocadas, responde a la idea de Platón de mantener un canon, de mantener una autoridad detrás. “Las personas reciben el texto, pero algo debe garantizar que lo vean 'correctamente', en realidad, no a través de sus propios ojos, sino, más bien, desde la perspectiva de una institución autorizada que delimita las interpretaciones correctas. En este caso, es obvio que el lector no necesita unas destrezas de comprensión muy profunda y, desde luego, no necesita escribir.” (p.47).
Además de alfabetizar, Gee señala que las escuelas enseñan conductas; son éstas, replicadas luego en la sociedad, las que mantienen una jerarquía social estable y constante. Estas actitudes, a las que se les hace hincapié, son las que las élites han interpretado como “correctas”. Por lo tanto, no es sorprendente el descubrimiento hecho por Jeannie Oakes (1985) -citada por Gee-, quien descubrió que “la raza, la clase social o el acceso familiar a conocimientos relacionados con las trayectorias universitarias y profesionales del estudiante tienen más relación con el itinerario en el que acaba el estudiante que su inteligencia intrínseca o su potencial real” (Gee, p. 50). Mientras a los que están en la jerarquía superior se les enseña a pensar por cuenta propia, a criticar y analizar con mayor detención su entorno, a los de la jerarquía inferior se les enseña lo básico, incitándolos a mantener una actitud pasiva y plácida que no cuestiona ni exige, que se conforma con trabajos de menor categoría.
Ahora bien, aunque se tomara la postura de Freire, quien sostiene que la alfabetización puede potenciar a las personas en la medida de que estas sean cuestionadoras activas de la realidad social, siempre habrá un alguien que determine que es lo “correcto”, que intente imponer su visión e interpretación de las cosas. Como bien lo afirma Gee, un “texto escrito en papel, en el alma (Platón) o en la realidad (Freire), es un arma cargada. La persona, el educador, que entrega el arma, entrega las balas (la perspectiva) y debe admitir las consecuencias” (p. 53- 54). Por ende, si yo sé que mi discurso y mi manera de enseñar tienen una carga ideológica marcada, debo ser responsable y evaluar cómo eso afecta a mi “aprendiz”. Se debe ser consciente, como educador, que se actúa como mediador entre las instituciones sociales de la comunidad y las instituciones públicas y que, por lo tanto, lo que se enseñe le permitirá al aprendiz desenvolverse en una determinada práctica social. Sin embargo, hay que tener en claro que no solo basta con cambiar la manera de enseñar, sino que también hace falta modificar el discurso que sostienen las instituciones y los grupos sociales, pues es esto principalmente lo que promueve la desigualdad.
1 comentario:
Muy bueno, auqnue eché de menos otros textos en diálogo. Más detalle en la pauta de retroalimentación.
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